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viernes, 19 de octubre de 2018

Encarnación, la ciudad que se enfrentó a dos ciclones


En los últimos años, Encarnación se ha convertido en la ciudad turística por excelencia. Veraneantes del país y el extranjero visitan la Perla del Sur, que ofrece muchas opciones quienes la quieran conocer. Pero, ¿saben de sus inicios, de sus momentos de sufrimiento? Conozcamos la historia de los dos ciclones que golpearon a esta ciudad mágica.

Por Pabla Yammil Bareiro



El primer ciclón: 20 de septiembre de 1926

Muchos años antes de convertirse en una ciudad turística tuvo que enfrentar una de las peores catástrofes naturales. Un fuerte viento, acompañado de los golpes de potentes olas del caudaloso rio Paraná, resonaban en los oídos de todos los encarnacenos, aproximadamente a las 18:30 horas del 20 de septiembre de 1926, cuando un ciclón arrasó con toda la zona ribereña.
La Villa Baja, luego conocida como la Zona Baja de Encarnación, era el centro comercial más grande de la ciudad.
Los vendedores llegaban desde distintos puntos del departamento de Itapúa para ofrecer sus productos a los comerciantes. Nadie hubiera imaginado que los días de dicha y júbilo, de risas y felicidad, se iban a ver manchados por la sombra fría y oscura de la muerte.
El río Paraná y su bello paisaje era el orgullo de la ciudad, pero en ese día se convirtió en el peor enemigo.
Esa tardecita caía una fuerte lluvia y desde el medio del río comenzaron a formarse unos potentes torbellinos que llegaron destruyendo todo a su paso. Casas, comercios, escuelas, iglesias, parques… todo quedaba en ruinas y miles de personas quedaron enterradas bajo los escombros.
El fuerte ciclón de 1926 duró solo unos minutos, pero fue suficiente para causar más de 400 muertes, miles de heridos y que prácticamente toda una ciudad sea arrasada.



Los “eternos amigos de Encarnación”

Juan Pedotti fue un valiente y humilde trabajador que desconectó la red de energía eléctrica, ya que se encontraban numerosos cables con corriente que ponían en riesgo la vida de los sobrevivientes y de las personas que llegaron a ayudar. En su heroica hazaña, Juan perdió la vida, al recibir una descarga con cientos de voltios.
Verdaderos héroes en momentos difíciles, el sacerdote José Kreusser, en compañía de Jorge Memmel y de otra persona, abordaron una canoa y remaron incansablemente en medio del vendaval, cruzando el embravecido río Paraná hasta la vecina ciudad de Posadas, Argentina, en busca de apoyo para socorrer a los miles de heridos a causa del ciclón.   
Los hermanos argentinos y los valientes rescatistas que llegaron desde todos los puntos del país, se convirtieron en los “eternos amigos” de esta ciudad, ya que gracias a ellos se lograron salvar numerosas vidas. Se necesitarían cientos de páginas para homenajear a estos héroes sin capas.


El resurgir de las cenizas

Transcurrieron varios años para que Encarnación se reponga de aquella gran tragedia, pero las fuerzas acumuladas y el constante trabajo de toda la comunidad convirtieron nuevamente a la ciudad en la niña bonita que todos amaban.

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El segundo ciclón: 3 de diciembre de 1973

En esta fecha se firmó el Tratado de Yacyretá. Dos generales presidentes, el paraguayo Alfredo Stroessner y el argentino Juan Domingo Perón abrieron para construir una gran represa hidroeléctrica en la zona de la isla Yacyretá -nombre guaraní que significa “lugar donde la Luna brilla”, en aguas del rio Paraná.
En julio de 1997 se inauguraba oficialmente la gran obra hidroeléctrica.
Nuevamente la ciudad de Encarnación y gran parte del departamento de Itapúa eran el blanco de las trasformaciones.
El embalse de las aguas represadas por Yacyretá crecía más y más cada día y bajo esas aguas del río Paraná que iban aumentando de nivel en altura, poco a poco la emblemática Zona Baja encarnacena volvía a desaparecer.
Centenares de familias debieron iniciar una nueva etapa, dejar sus lugares de origen y migrar a los diversos asentamientos y conjuntos construidos por la Entidad Binacional, ya que cuando la represe llegue a su cota máxima, toda la zona baja quedaría inundada.
Para los encarnacenos se volvió un cuadro cotidiano ver a las familias extraer sacar con  baldes las aguas que inundaban paulatinamente sus hogares, caminar por sus calles y encontrarse a los niños jugando en las canchitas ubicadas entre los comercios, sucios y llenos de lodo, ya que los lugares de  recreación infantil o comunitario iban siendo cubiertos por los múltiples escombros que dejaban las enormes maquinarias que día y noche trabajaban para lograr la famosísima “transformación”, que nadie imaginaba como sería.  
Transcurrieron los años y Yacyretá inició la relocalización. Empezó el éxodo desde la Zona Baja. Muchas personas, aferradas a sus recuerdos más queridos, se negaban a salir, atrincherándose en sus últimos refugios como en un campo de batalla, buscan retardar algo que sabían ya era inevitable.
Entre los años 2010 y 2011 ya no quedaban locales comerciales ni personas residiendo en la vieja zona ribereña. 
Solo había calles desoladas, casas y comercios vacíos, junto a miles de historias que hasta el día de hoy todavía resuenan en los oídos de todo aquel que conoció la Zona Baja encarnacena.  




¿Por qué dos ciclones…?

Porque ambos acontecimientos marcaron un antes y un después para la ciudad de Encarnación.
El primero, el ciclón de 1926, fue un azote de la naturaleza.
El segundo ciclón, que se inició en 1973 fue producido por el ser humano.  
Aunque hoy Encarnación es considerada una de las ciudades más bellas de todo el Paraguay, hay una famosa frase que encaja perfectamente en este escrito: “La belleza duele”.
Y los habitantes  de la Perla del Sur lo sabemos muy bien.


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Pabla Florencia Yammil Bareiro Cuadra nació en Encarnación el 6 de julio de 1997, tiene actualmente 21 años, es estudiante del tercer año de la carrera de Ciencias de la Comunicación, con énfasis en Periodismo, de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Católica Campus Itapúa. Trabaja como productora de prensa del canal de televisión Sur TV. En sus ratos libres le gusta actuar, bailar y hacer turismo interno.

martes, 16 de octubre de 2018

“Hacer pipí en un termo”: Las mil y una historias en las colas del puente San Roque



Hacer compras en la ciudad paraguaya de Encarnación se ha vuelto una opción válida para los pobladores de la vecina ciudad argentina de Posadas, desde que la devaluación de su moneda les permite obtener mejores precios a este lado de la frontera. Realidad cambiante: Hasta hace poco tiempo éramos los paraguayos los que formábamos largas colas para ir a hacer compras a la Argentina. En las filas del lado paraguayo puede ocurrir de todo, tal como lo narramos en esta crónica.


Por Marcos Fernández Correa

Desde que se desató la fiebre de compras en el lado paraguayo para los ciudadanos argentinos, en las largas colas que se forman para cruzar el Puente San Roque González de Santa Cruz, que une a las ciudades de Encarnación y Posadas, ocurren mil y una historias, provocadas por las trabas burocráticas impuestas principalmente por las autoridades fronterizas argentinas. Es en estos casos cuando se comprueba que el espíritu de integración del que se habla en el Tratado del Mercosur continúa solamente en el papel.
Conozcamos una de estas simpáticas historias:

Silvia Ferreyra es locutora nacional en la ciudad de Posadas, quien también ejerce la labor de docente en Encarnación y por tanto debe cruzar a cada tanto el puente que une a nuestras dos ciudades y a nuestros dos países.
A ella le tocó esperar toda una noche y parte de la mañana siguiente a bordo de su automóvil, esperando pacientemente en la cola, según nos cuenta.
Era las 22:00 de un día martes cuando Silvia salió de la Universidad en la cual imparte clases, en Encarnación.
Así lo cuenta ella:
-Subí al auto. Al llegar cerca de la aduana vi la interminable fila de vehículos, pensé que era normal, pero al pasar los autos, me daba cuenta que nunca llegaba destino. Rodeé un barrio totalmente desconocido para mí, ya que fue la primera vez que lo viví.
De esa forma corrían las horas de la noche y la madrugada, y la interminable espera se hacía cada vez peor.  Ella tenía muchas ganas de ir al baño, pero no lo podía hacer, ya que en la zona en que esperaba no había siquiera uno de esos baños químicos portátiles. Ella tuvo que improvisar dentro de su vehículo:
-Ya eran las 6:40 de la mañana y yo seguía en el mismo lugar. Con la depuración en mi me dieron ganas de ir al baño, pero al mirar por la ventana, vi que ni siquiera habían puesto un miserable baño químico, así que  tuve que orinar en el termo que traía conmigo para tomar el mate. Para concluir, finalmente logré pasar a las 7:00 am e irme directo al laburo.
Así como generalmente se dice que hay personas “que viven en un termo”, haciendo alusión a que no se enteran de muchas cosas, las colas del Puente San Roque obligan directamente a las personas atrapadas en la congestión a “hacer pipí en un termo”.
En el caso de la locutora y docente Silvia, aunque ella no viene a Encarnación a hacer compras y afectar a la economía de su país, sino a compartir sus conocimientos a través de la docencia, igual ha debido sufrir el calvario que viven muchos de sus compatriotas, en el intento de cruzar el puente.
Como pocas veces se ha visto, hubo ocasiones en que la fila de automóviles esperando el cruce prácticamente se extendía de un extremo a otro de los límites físicos del centro urbano de Encarnación, desde la zona aduanera del puente San Roque hasta el sector del puente Quiteria sobre el arroyo Mboi Kae, en una extensión que abarca aproximadamente unas 50 cuadras.
Durante esa larga fila e interminable espera se han visto pintorescas escenas, como al intendente encarnaceno Luis Yd repartiendo chipas a los automovilistas que se encontraban en las colas, hasta gestos de reprochable corrupción, como la acción de aprovechadores que ofrecían guiar a los choferes más apurados por un atajo y hacerlos cruzar más rápido, a cambio de una suma de dinero

La larga cola de vehículos esperando sobre la Costanera de Encarnación. Al fondo, el puente.
Los datos de la Dirección General de Migraciones del Paraguay apuntan a que en la pasada Semana Santa unas 80.978 personas ingresaron al país.
Según los datos extraoficiales reportados bajo la modalidad de TVF  producto del control cruzado realizado con las autoridades migratorias de Argentina, en el Puesto de Control de Encarnación se dio el flujo de entrada más importante, que alcanzó a unos 82.000 ingresos durante toda la semana, siendo los días martes y miércoles santo los de mayor flujo (unos 11.000 ingresos diarios, en promedio, durante esos días). De los extranjeros que ingresaron al país, según estos datos, aproximadamente el 87% son argentinos.
En el análisis de esta situación, se puede confirmar que no existe una voluntad política de las autoridades argentinas de Aduanas y Migraciones de facilitar el paso de sus conciudadanos para entrar a hacer compras en el Paraguay, probablemente temiendo que esto afecte aún más a la golpeada economía del vecino país, por ello ponen muchas trabas burocráticas o habilitan muy pocas cabinas de atención en el puesto fronterizo, para quitarles las ganas a los ciudadanos que intentan cruzar. Sin embargo, cuando son los paraguayos los que acuden a hacer compras en la Argentina, las autoridades paraguayas no ponen muchos impedimentos. Es decir, no existe reciprocidad a ambos lados de la frontera.
En conclusión, podemos destacar que el espíritu de integración que se pregona en el Tratado del Mercado Común del Sur (Mercosur), hasta ahora solo existe en los papeles, pero no en la realidad cotidiana de la vida de frontera. 


Otra imagen de la cola de automovilistas. Para no gastar combustible, muchos empujan sus autos a pulso.
  

viernes, 25 de noviembre de 2016

La pesadilla de Jeni ante la adicción a los analgésicos


Esta es la historia de una joven madre de 27 años, que sin darse cuenta cayó en la adicción a las drogas. Una mujer a la que nunca le hizo falta nada, que estaba consolidada en el ámbito personal y profesional. Alguien que jamás se imaginó pasar por esto. Esta es la historia de Jeni.


Por Leila Benítez Planás

“Nunca hay que perder la esperanza, por más grande que sea la muralla”, fueron las palabras de Jeni al culminar una emotiva conversación acerca de los últimos acontecimientos que le tocó pasar día tras día.
La muralla que hoy le toca derribar a Jeni es su adicción a los analgésicos, específicamente la Meperidina, un poderoso narcótico analgésico, hermano de la morfina, que actúa como depresor del sistema nervioso central y se utiliza para aliviar el dolor de intensidad media o alta.
Hacen dos meses que Jeni reingresó a la “Fazenda da Esperança”, una hacienda de rehabilitación ubicada en el distrito de Cambyretá, del Departamento de Itapúa.
Ella reingresó a la fazenda luego de haber estado realizando rehabilitación durante tres meses, y de haber salido por un mes y medio y recaer en su adicción a la Meperidina.
Así como ella hay tres chicas más que están luchando firmemente contra su adicción.

Acceso a la “Fazenda da Esperança”. Barrio San Francisco, Cambyreta.

Cuando una enfermedad te lleva a otra

Toda persona cuando sufre dolor busca calmarlo con algún analgésico o medicamento indicado para el mismo. Jeni sufre de fibromialgia, una enfermedad crónica caracterizada por un dolor muscular crónico de origen desconocido, que además presenta otros síntomas.
Su fibromialgia la llevó a consultar en varios sanatorios, visitar el médico día por medio, saltar de un profesional a otro, a realizarse docenas de análisis, en búsqueda de una respuesta a su dolor inexplicable.
Sumado a esto, el estrés del trabajo, que según ella activó su enfermedad; la depresión, problemas personales y otros factores que se fueron acumulando, y empeoraron la enfermedad y su padecer.
Esa no respuesta a su dolor y el diagnóstico tardío de una enfermedad incurable, que ni siquiera presenta causas conocidas, acarrearon a Jeni a consumir medicamentos de todo tipo, iniciando con analgésicos leves, livianos y dosis pequeñas, luego pasar por otras dosis y medicamentos más fuertes, como Fentalino y Morfina. Y ninguno de estos llegó a ser la solución.
“Me iba día de por medio al hospital, porque no había remedio que me calme los dolores, hasta que en el hospital terminaban siempre poniéndome morfina, que era lo único que me calmaba, pero pasaba el efecto y al día siguiente era la misma historia”, comentaba Jesi mientras trataba de seguir con su croché.
El padecimiento de Jeni y su familia llegaron a cansar a todos, y la llevó a buscar otras soluciones más rápidas y eficientes.
“Yo ya dominaba los remedios y pastillas, vivía tomando pastillas, ya me auto medicaba, comencé por ahí. Cada vez que me iba a urgencias los médicos me daban un medicamento distinto y yo ya conocía para qué servía cada remedio, manejaba mis dosis, prácticamente yo sola no más ya manejaba mi medicación”.

La “solución” llegó con la Meperidina

“Yo necesitaba una solución, y como nadie me solucionaba yo empecé a conseguir Meperidina en una farmacia. Primero llevaba mi receta del centro de salud, que era una recetita con un sello y nada más, cuando debería de ser una receta cuadruplicada por ser un medicamento muy controlado y peligroso, hasta te puede dar deficiencia respiratoria y paro cardíaco, para que tengas una idea de lo fuerte que es, hasta para anestesia lo utilizan”, contaba Jeni mientras intentaba controlar algunos temblores de sus manos.
La adicción de Jeni la llevó a conseguir Meperidina y hacerse “cliente” de la farmacia, por su compra frecuente. Empezó inyectándose una dosis, cada 8/6hs, dependiendo del dolor. Y progresivamente, pero con una tremenda rapidez fue aumentando la dosis.
“Empecé a conseguir la droga por delivery. Yo llamaba, me preguntaban cuántas ampollas querían, y me llevaban, y yo me empecé a aplicar. Entonces, a medida que mi cuerpo se fue acostumbrando cada vez menos efecto me hacía una ampolla, y fui subiendo la dosis”, afirma Jeni, recordando con un poco de dolor aquellos momentos.


“Por milagro no morí en mi pieza”

Jeni llegó a salir de su casa en búsqueda de su droga, sin importar la hora, lo hizo de noche y de madrugada a bordo de su motocicleta, incluso comenta que tiene cicatrices de heridas que no sabe ni recuerda cómo se las hizo. Cuenta que llegó a hacer cosas inconscientes que ella no recuerda, pero que su familia le contó. Cosas que son irrepetibles, como por ejemplo, dejar las jeringas repartidas en el baño con manchas y rastros de sangre.
Conmocionada por recordar aquellos momentos de tanta angustia y dolor, Jeni comenta que las dosis aumentaron muy rápidamente sin que se dé cuenta: “Habían veces que ni veinte minutos pasaban y yo ya quería aplicarme otra dosis. Después ya empecé a aplicarme dos ampollas en una jeringa. Y así, hasta que fueron tres y más. Una vez llegué a aplicarme nueve ampollas de una vez, por milagro no morí en mi pieza”.
La situación se descontroló para Jeni de un momento a otro, su familia no conocía por lo que ella estaba pasando.  Ellos se convencían con su argumento de que “eso no más luego” iban a aplicarle en el hospital y de que era mejor “evitarse la fatiga”.

“Me calmaba tan rápido que era mágico para mí”

Jeni se volvió adicta la Meperidina en tan poco tiempo, que ni siquiera se dio cuenta de ello. Pero su familia ya empezaba a notar ciertas actitudes “raras”.  En el punto máximo de su adicción gastó la mitad de su sueldo para conseguir sus dosis, un equivalente a 3 millones de guaraníes.
“A la larga me calmaba tan rápido que era mágico para mí, hasta mi humor cambiaba, ya estaba feliz,  hasta podía dormir. Yo tomaba como 8 a 10 remedios por día, me intoxicaban con remedios”, relataba Jeni como parte de su experiencia de su adicción a esta droga.
En búsqueda de calmar y controlar su dolor, Jeni dejó de trabajar, e incluso por causa de su adicción: “Hasta casi le llevé a la quiebra a mi marido. Como yo sola me aplicaba los inyectables, ya no encontraba mis venas”.


“Nunca imaginé pasar por esto”.

Nadie iba a pensar o imaginarse que una ingeniera agrónoma de tan solo 27 años, con una familia consolidada, una hija de 2 años (en ese entonces), un excelente trabajo en una empresa multinacional, con puesto como Jefa de Recursos humanos, y una familia afirmada en la fe católica iba a caer en este tipo de adicción.
De hecho, ni ella misma pensó pasar por eso.
Jeni nunca calculó que iba a volverse adicta a un narcótico, y mucho menos a la Meperidina.
Estuvo tres meses en rehabilitación en la Fazenda da Esperanca, luego de haber pasado por “Adicciones”, un centro de rehabilitación ubicado en la capital del país, lugar del que dice haberse salvado, porque sus actuales compañeras le contaron que es “una cárcel, los pacientes allí se duerme con pedazos de vidrios bajo su almohada, para defenderse ante cualquier circunstancia, todos son locos y cualquier cosa puede pasar”, confirmaba Jeni.
Admite que recayó en su adicción al tener un periodo de libertad de un mes y medio, porque “la sensación que te da el medicamento es como un parche”, hasta que su familia se dio cuenta de nuevo por su compartimiento y otros síntomas y la internaron nuevamente en la fazenda, donde ya cumplió con su segundo mes de rehabilitación y cree y confía que esta vez, culminará su tratamiento.
La recuperación no fue, ni es fácil. Pero quiere y tiene las intenciones de recuperarse. Aceptar su adicción, su enfermedad fue el primer paso, y dejarse ayudar por su familia. Ahora encuentra la fortaleza en Dios, y le dice “sí” a ÉL todos los días. Su refugio es Dios. Y agradece cada minuto lo que puede hacer en la fazenda, que no es una clínica, es una familia para ella.
Para Jeni el amor vence todo, y cree que únicamente hay que amarse y amar a otros. Esa es la clave.

Un nuevo comienzo.

“Para el futuro le pido a Dios que me muestre lo que quiere que yo haga, quiero hacer la voluntad de Dios con mi familia, lo demás sé que viene por añadidura”.
Finaliza Jeni: “Nunca hay que perder la esperanza, por más  grande que sea la muralla que tengamos en frente”.

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Este reportaje formó parte de la prueba de evaluación final de la asignatura Periodismo de Investigación II
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Leila Benítez Planás está terminando la carrera de Ciencias de la Comunicación, pero a la vez ya trabaja como conductora de televisión en el canal encarnaceno Más TV, donde conduce el programa diario “Como en casa”. Cuando le queda algo de tiempo entre el trabajo y el estudio, también da rienda suelta a su otra pasión: la actuación. Participó como actriz del corto de ficción “Kurusu Serapio”, que se presentó en el Festival Internacional de Cine Paraguay, en Asunción.